- Artículo elaborado por Carlos Negro, presidente del Foro Química y Sociedad.
Durante décadas, hemos contemplado el petróleo sobre todo como una fuente de energía. Y lo ha sido: ha impulsado el transporte, ha alimentado la industria y ha sostenido una parte decisiva del crecimiento económico mundial. Pero reducirlo solo a esa condición sería no comprender del todo su papel, porque es también una materia prima esencial para fabricar productos indispensables para la vida cotidiana.
En este contexto, cabe plantearse una cuestión fundamental: ¿qué ocurre cuando un mismo recurso cumple al mismo tiempo dos funciones estratégicas: alimentar el sistema energético y servir de materia prima para satisfacer las necesidades básicas de la sociedad?
Hoy, el balance está claramente inclinado hacia su uso energético. Sin embargo, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) recuerda que los productos petroquímicos representan en torno al 12 % de la demanda mundial de petróleo, un dato que refleja con claridad el predominio actual de los usos energéticos, pero también la importancia estructural de su función como materia prima industrial.
Esta proporción, además, no es homogénea entre países. Varía en función de factores como la estructura industrial, el desarrollo del sector petroquímico, la especialización manufacturera o el peso relativo del transporte en la demanda energética.
El debate sobre la transición energética se ha centrado en cómo sustituir combustibles fósiles por más electrificación, más renovables, más eficiencia energética y más vectores bajos en carbono. En paralelo, muchas empresas energéticas están ampliando su portafolio y evolucionando hacia modelos progresivamente más diversificados, en los que ganan presencia las energías renovables, la electrificación de procesos industriales, los combustibles de menor huella de carbono, el hidrógeno de bajas emisiones y, en determinados casos, las tecnologías de captura, uso y almacenamiento de carbono.
Pero esa lectura, siendo correcta, resulta incompleta. Porque, junto con la transformación del sistema energético, se está produciendo también otra transición, menos visible pero igualmente decisiva: el paso desde un carbono utilizado mayoritariamente como energía hacia un carbono cada vez más valorado como materia prima industrial.
Ahí reside la lógica del llamado carbono molecular. No se trata solo de reducir el uso energético del carbono, sino de preservar y revalorizar su uso como molécula para fabricar materiales de alto valor añadido. La petroquímica hace posibles miles de productos presentes en nuestra vida cotidiana: envases, textiles, pinturas, adhesivos, polímeros, dispositivos médicos, componentes electrónicos, aislamiento, neumáticos, fertilizantes y multitud de aplicaciones esenciales para la salud, la construcción, el transporte, la alimentación o la propia transición energética. La IEA recuerda, además, que los productos petroquímicos están presentes en paneles solares, palas eólicas, baterías, aislamiento térmico y componentes de vehículos eléctricos.
Ahora bien, reconocer esa función estratégica no significa ignorar los desafíos. La propia IEA subraya que la producción, el uso y la gestión al final de la vida de los productos petroquímicos plantean retos de sostenibilidad que deben abordarse con urgencia. Por ello, el futuro del carbono como materia prima no puede plantearse al margen de la descarbonización industrial, la eficiencia energética, la circularidad, el ecodiseño, la mejora de la gestión de residuos y el aumento del reciclaje.
En ese contexto, el verdadero valor del carbono está en transformar moléculas en productos y materiales de alto valor añadido. Una sola molécula que entra en un complejo químico puede convertirse en una gran variedad de productos diferentes. El desafío, por tanto, no consiste solo en consumir menos carbono, sino en utilizar mejor el carbono que siga siendo necesario, para qué usos, con qué tecnologías y bajo qué condiciones de sostenibilidad y competitividad.
A largo plazo, el balance entre energía y materia prima puede cambiar. A medida que parte del consumo energético avance hacia la electrificación y se amplíe el uso de otras fuentes de energía, la proporción destinada a materias primas puede ganar peso relativo. La propia IEA viene observando que la composición del crecimiento de la demanda de petróleo está cambiando: los productos feedstock petroquímicos ganan importancia mientras se modera el crecimiento de algunos combustibles ligados al transporte. En su Oil Market Report de febrero de 2026, la Agencia indica que los productos feedstock petroquímicos representarán más de la mitad del crecimiento de la demanda de petróleo en 2026.
Por eso resulta tan importante no confundir descarbonización con desmaterialización. Una economía avanzada puede electrificar una parte creciente de sus usos energéticos, pero no puede prescindir de materiales. Y muchos de esos materiales siguen dependiendo, de forma directa o indirecta, de cadenas químicas complejas basadas en carbono.
Este cambio, sin embargo, no es trivial. Implica transformar simultáneamente sistemas energéticos, procesos industriales, infraestructuras existentes y marcos económicos y regulatorios.
Ese desplazamiento tiene implicaciones industriales profundas. Las refinerías y los complejos petroquímicos están llamados a evolucionar hacia modelos más integrados, más flexibles y eficientes. Ya no basta con maximizar combustibles; cada vez será más importante maximizar valor molecular, reducir la intensidad de emisiones y adaptarse a una variedad más diversa de materias primas. Todo ello se traducirá en una mayor integración entre refino y petroquímica, mayor flexibilidad de cargas, más capacidad de transformación hacia olefinas y aromáticos, mejor aprovechamiento de corrientes intermedias y una visión tecnológica orientada a productos de mayor valor añadido.
Al mismo tiempo, nuevas materias primas podrían entrar progresivamente en el sistema, entre ellas biomasa, residuos aprovechables y, en determinadas rutas tecnológicas, carbono capturado. Pero incluso con esa diversificación, el núcleo del debate sigue siendo el mismo: cómo gestionar mejor el carbono necesario para la economía material.
Incluso en escenarios de transformación profunda del sistema energético, la petroquímica seguirá siendo necesaria, porque muchos materiales esenciales de la economía moderna dependen de ella.
Por ello, muchos proyectos industriales exploran su evolución gradual hacia complejos más integrados, capaces de transformar una mayor proporción de crudo en materias primas petroquímicas y de operar con una gama más flexible de cargas. En esta dirección se inscriben proyectos de inversión anunciados para la próxima década que incluyen mayor integración refino-petroquímica, la adaptación de unidades de conversión para aumentar la producción de olefinas y aromáticos, la incorporación de nuevas rutas de materias primas y la mejora de la eficiencia de los procesos.
No todas estas rutas avanzarán al mismo ritmo ni con la misma competitividad. Pero todas apuntan en una misma dirección: una transición gradual del petróleo desde energía hacia materiales.
Comprender y gestionar este equilibrio entre carbono energético y carbono molecular será uno de los retos industriales y científicos más importantes de las próximas décadas. Y en ese desafío, la química y la ingeniería química deberán ejercer todo su liderazgo: no solo para acompañar la transición, sino para hacer posible, con ciencia, innovación y responsabilidad, la base material sobre la que se sostiene una sociedad avanzada.